...Pronto me encontré en aquella habitación húmeda y caliente, dónde desfilaban hombres y mujeres desnudándose, quitándose la ropa unos a otros, y yo me sentía excitada al ver tanta gente sin pudor, sin miedo...
...tanta inocencia en sus actos me sorprendía y me alegraba físicamente con más excitación fortuita de la que enseguida fui el centro de atención como otro cualquiera.
Todos me miraban con frenesí desenfrenado, con caras de exhausto placer sexual. Ellas me rendían homenaje y merecían mi respeto como seres iguales parentales y carnales de mundos diferentes. Yo era uno de ellos y me deseaban como yo los deseaba. En mi mano apareció un pene erecto ante el cual todos sentimos adoración y curiosidad natural. Sentí la enorme necesidad de penetrar y dar placer a cada una de aquellas mujeres que se encontraban en la sala, con mi nueva y excitante falo de plástico adherente.
Escogí a una de ellas por su extraordinaria dulzura. Tenía los rasgos achinados y una piel morena tersa y lustrosa. La acaricié suavemente donde más placer le producía. Deseaba darle a conocer aquello que ella tanto ansiaba. Me sentía en poder de un saber que ellas todavía ignoraban y poco a poco fueron rodeándonos a la expectativa de un espectáculo nunca visto hasta entonces por aquella civilización de hombres y mujeres curiosos.
Ella me miraba con ojos inocentemente asustados. Para calmarla la besé en los labios con ternura e introduje con suavidad mi falo dentro de su pequeño orificio genital. Parecía gustarle, le excitaba jugar con ello y me sonreía cariñosamente con la mirada de aprendiz traviesa. La mujer siempre se ve reflejada en aquella niña que no deja nunca de aprender cosas que jamás se había imaginado. Me sorprendí a mí misma de la seguridad y el placer que producía aquel objeto en mi mano tan diestramente manejada por mí. Jadeando y suspirando me pedía más, mucho más de lo que yo sola le podía dar. Así que decidí dar mi clase magistral a aquellas criaturas que se concentraban en mis actos con gran admiración e impaciencia por experimentar ellas también el placer que sentía su compañera.
Sugerí a una de ellas que me trajera a uno de aquellos hombres que andaban follando por la sala, con la condición de que tuviese una pollita pequeña y muy fina, pues aquel ser a quien yo ya no podía satisfacer por mí sola, necesitaba ser penetrada por los dos orificios a la vez.
Me trajeron a un hombre corpulento del cual no pude ver el rostro; le sugerí que la penetrase por detrás mientras yo seguía dándole mi immmenso y terso bálano por delante.
Gritos de puro placer ensordecedor emanaban del bajovientre hacia la garganta de aquella bella mujer, dejando ir un sonido celestial, una canción incomparable, un regalo para los oídos.
Ellas, agradecidas por haber aprendido mi saber, me regalaron el suyo. Hicieron pasar a un príncipe de piel verdeazulada, Karishnah le llamaban, y me invitaron a conocer el secreto de Arrakyis. Nos sentamos en cuclillas dos de ellas y yo y empezamos a saborear dulcemente el sable verdeazulado de aquel ser imponente. Nuestras lenguas se cruzaban y se enredaban en besos suaves y tiernos. Nunca había besado antes a una figura femenina con tanta intensidad y excitación. Entonces, entre labios, lenguas y saliva, Karishnah nos regó con un chorro de su placer, un líquido lechoso sabroso dulce y caliente proviniente de lo más profundo de su ser.
Enseguida me di cuenta del significado de tanta generosidad placentera. Ya formaba parte de Arrakyis, soy uno de ellos, todos lo somos aunque no queramos admitirlo.
Me ordenaron Diosa Princesa, un cargo privilegiado para no haber nacido en aquella extraña tierra de ensueño.
Me llevaron en barca hasta la isla del pasado perdido para que pudiera experimentar aquello que siempre deseé pero que jamás pudo realizarse.
El viaje fue corto. Las aguas estancadas de un mar tranquilo envuelto en llamas de niebla y humo ardiente que propiciaban al ambiente un tono cálido azulado. En la barca estaba yo sola, pensando en mi futuro inmediato, mi encuentro con el pasado para modificarlo según mi gusto.
Llegamos a tierra dónde un volcán en erupción emanaba agua salada y los seres se reencarnaban en aquellos queridos que siempre deseaste tener cerca. Allí, tendido en la rocosa tierra fina de la playa del mar de Arrakyis, estaba Davis, mi soñado amor de la adolescencia a quien jamás me atreví a dirigirle la palabra por ser demasiado tímida e insegura.
Estaba medio desnudo disfrutando de la luz de las tres lunas que aquella noche coincidieron en su plenitud y belleza. El resto del universo resplandecía alrededor.
Al verme se puso en pie, vino hacia mí y me abrazó. Sentí confusión y alegría, añoranza de ese pasado tan distorsionadamente presente. Me sonrió, y tras besarme dulce y apasionadamente, me dijo: “Hacía tiempo que te esperaba aquí en la playa, no has tardado demasiado, gracias por venir a verme, me haces muy feliz.”.




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